El erótico blog de los secretos de la noche

Comunión con la naturaleza I

Aquella mañana de domingo te habías levantado temprano para ayudar a la hija de tu vecina con las matemáticas, te habías levantado de muy buen humor, habías desayunado escuchando la radio y te habías dado una gran ducha y habías cogido tus viejos apuntes de matemáticas y te disponías a partir hacia la casa de tu vecina. Tu madre, cerca del teléfono te frena antes de que salga y te dice –Lorena, ha llamado la vecina, por lo visto quieren aplazar la clase hasta el jueves porque hoy van a salir a hacer una visita- De modo que ahí te quedaste tú, arreglada y despejada a las 8 de la mañana de un domingo sin planes. ¿Qué hacer?

Para cualquiera puede parecer aburrido estar en pie un domingo tan temprano sin nada que hacer, todas tus amistades estarán durmiendo y no querrán salir a desayunar, se te avecinaba una mañana para dedicarte a ti misma. Decidiste tomar tu vieja bicicleta, limpiarla un poco y salir hacia el campo, a gozar de una primavera que empezaba a revivir la naturaleza. Fuiste hasta una zona frecuentada por familias, donde había aparcamientos, niños jugando… tu decidiste tomar el camino que seguía subiendo, querías disfrutar sola de tu comunión con la naturaleza ahora que el sol empezaba a calentar un poco. Subiste varios kilómetros por una ladera hasta encontrar un rincón apacible. Se trataba de un claro en el bosque con un lago más grande de lo que figura en los mapas, ¡qué lugar tan apacible! Pensando en la apacible mañana que te espera te tumbaste a leer un rato.

A media mañana, cuando el sol calentaba más que de costumbre, te decidiste a tomar un baño. Embriagada de los aromas que te regalaba el bosque dejaste tu ropa a un lado sabiéndote sola en aquel paraíso y te lanzaste al agua a refrescarte. Nadaste como una bella sirena durante varios minutos, luego fueron dos las horas que estuviste navegando sin rumbo por aquella zona del río. Saliste del agua en la otra orilla y te tendiste en la suave hierba para secarte al sol, estabas cansada. Mientras el Astro Rey se recreaba secando cada curva de tu cuerpo tu conciencia cedió a la placidez del momento dejándote inmersa en un profundo sueño.

Agua, ¿agua? Sí, confirmaste que era agua aquello que te salpicaba por todo el cuerpo. Abriste los ojos y viste que aquel cielo azul se había convertido en una sombra en sí mismo, era de color gris oscuro y de él caían gotas gigantes de agua. Aquel cielo amenazaba con una fuerte tormenta de primavera. La luz que antes invadía todos los rincones de la vida de aquel paraje había desaparecido, todo era oscuro. ¡No! Una fuerte luz blanca iluminó todo un instante. Relámpagos. Ahí estabas tú, desnuda, mojada y bajo una tormenta de las que hacen historia. Cruzaste rápidamente el lago de nuevo para recoger tus cosas, pero te faltaban algunas cosas, entre ellas la bicicleta y la ropa interior… sin duda había sido un adolescente que se había dado un homenaje con tu imagen y se había llevado un recuerdo con tu olor más íntimo. Había kilómetros hasta el lugar poblado más próximo por carretera, y a través del campo no sabías a donde llegarías. Te vestiste, pero el agua y el frío hacían que tus pezones quisieran romper la fina tela de tu camiseta blanca de tirantes. No podías ir con esa pinta a ninguna parte, así que te adentraste en la espesura del bosque buscando un refugio hasta que se calmase la tormenta ¿qué hora sería? A lo mejor se te hacía de noche esperando que escampase. Seguiste a tu instinto y buscaste donde refugiarte.

Tras media hora de camino viste una pequeña cabaña, “una cabaña de leñadores” pensaste. Pero no, era mi cabaña. Empujaste la puerta, que se abrió y te introdujiste en una estancia no demasiado grande, limpia, confortable caldeada y ¿vacía? Pensaste que cuando el dueño de aquel fuego llegase le explicarías lo sucedido. Tapaste tu inesperada desnudez con una manta y esperaste sentada sobre un sofá. El frío, las emociones y los nervios te dejaron transpuesta. Volviste en ti sobre otro lugar, la habitación era la misma, pero ahora era mucho más tarde, la noche había llegado a aquel cielo que había sido luminoso hacía ya una eternidad. Una voz masculina se dirige a ti –Hola, ¿estás bien?- pregunta. Te levantas sobre ti misma pero solo logras ver con claridad una silueta que se entrecorta por el fuego – Sí, pero ¿dónde estoy?- preguntas confundida. Caes en la cuenta de que tu ropa está muy mojada, es incómoda. – Si no lo sabes tú, yo he venido de traer leña y te he encontrado aquí. Eres tú quien me debe explicaciones.- Efectivamente recordaste cómo habías llegado hasta ahí y me lo contaste. Cada vez el calor del fuego te hacía sentir mejor a mi lado y te creías más cercana a mí, pero ¿por qué? Apenas me conocías desde hacía 30 minutos, ni siquiera sabías mi nombre y apenas adivinabas mi cara, pero lo cierto era que te hallabas muy cómoda a mi lado de no ser por tu maltrecha ropa.

Me levanté a traerte ropa seca, te iba a quedar cinco tallas grande pero merecía la pena. La dejé en una silla y me fui a traerte algo de comer. Viendo que estaba preparando algo elaborado, pensaste en cambiarte allí mismo. Te quitaste la blusa sin problemas, pero tu ajustado pantalón no te soltaría tan fácilmente. Optaste por sentarte, tumbarte, no había manera, tus manos, cada vez más temblorosas no llegaban a su objetivo de despojarte de tu pantalón. Ya te habías olvidado de que tus pechos estaban descubiertos y sólo pensabas en tu pantalón rebelde. Yo aparecí en aquel pequeño salón, te agarré las muñecas para que te calmases e intenté quitarte yo esos fastidiosos shorts. Para mi también fue una tarea difícil, me arrodillé frente a ti y, con más maña que fuerza, logré arrancártelos. Justo en ese momento te acordaste de aquel puñetero adolescente robabragas. Ahí me tenías, con mi boca a escasos centímetros de tu pubis. Por alguna extraña razón no dejabas de pensar en sexo en lugar de en supervivencia. Tu pulso se aceleró, una burbuja de 180 grados estalló en tu bajo vientre mientras sentías cómo la humedad no sólo acontecía fuera de aquella  cabaña sobre la que seguía lloviendo sin piedad. Yo, como un caballero me levanté del suelo y te acerqué tu ropa seca mientras traía la comida a la mesa. Te quedaste muy extrañada, nunca antes habías tenido esa sensación, nunca antes tus instintos sexuales habían ganado la partida a todos los demás. Sin saber bien cómo tenías la necesidad de ser poseída hasta el infinito por tu rescatador. Cualquiera que viese a una lolita de 19 años semidesnuda en la recóndita cabaña de un desconocido habría pensado lo contrario, pero esta vez eras tú la que no pensaba irse de allí sin probar a aquel varón.

Al fin llegué con la comida, la serví y me senté esperando a que me acompañaras. En cambio, tu te sentaste, pero sobre la mesa, habiendo retirado previamente mi plato y habiendo ocupado su lugar. Mientras mi mirada recorría tu generosa anatomía aquella explosión volvía a tener lugar en tu interior. Pero esta vez el caballero había muerto, y era un hombre lo que clavaba sus ojos en los tuyos. Aun me viste algo confuso, “no sé si debería, esta chica está asustada y confusa” pensé, pero tú ya me habías vuelto a enseñar esos pechos que te había dado la naturaleza y que eran la delicia y la envidia de todo tu barrio. Me levanté empujando mi silla y me acerqué a ti, que, rodeándome con tus piernas, me besaste en los labios con una suavidad que contrastaba con el furioso viento que golpeaba la madera de mi cabaña. Con tus labios rozaste los míos levemente, como dudando, después, te abrazaste a mi cuello y me diste un beso más largo y más cálido que el anterior. Te miré a los ojos, te acaricié la mejilla y  besando tu cara llegué hasta un cuello suave y cálido que me esperaba ansioso de amor. Mis manos acariciaban tu espalda con delicadeza y las tuyas guiaban mi cabeza a través de mi nuca por todos los rincones de un cuello que cada vez respiraba más deprisa. Tus manos llevaron mi cabeza hacia tus hombros mientras tu cadera se acercaba más a mi cuerpo, ahí fue cuando notaste que aquel ser misterioso tenía un arma entre sus piernas y que estaba dispuesto a utilizarla. Mientras pensabas en qué escondían mis finos pantalones mi boca ya había tomado contacto con tu pecho. Aquel pecho que tantos malos momentos te había dado en el instituto ahora lo mostrabas con un enorme orgullo viendo como me hacía gozar, y aquello sólo era el principio.

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2 comentarios

  1. Muy buen blog!!! Muuuakkk

    29 octubre, 2010 en 11:45

    • ZorroNegro

      Me alegra que te guste, aqui tienes tu casa 🙂

      29 octubre, 2010 en 14:33

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