El erótico blog de los secretos de la noche

Lencería fina I

Tenías todo el tiempo del mundo y lo ibas a aprovechar. La laboriosa cena había sido cocinada casi por completo, sólo faltaba un remate en el horno, eran sólo las 6 y tenías toda la tarde para ti. Habías pensado hacerte un tratamiento de belleza en casa… el tratamiento consistía en tener 4 largas horas para prepararte a capricho para la hora de la cena. Comenzaste a llenar tu enorme bañera con agua muy caliente y el jabón más espumoso que tenías, entretanto, te fuiste a tu ordenador y te grabaste un CD con los mejores tangos que tenías, los pensabas escuchar durante tu baño de espuma. Con tu flamante CD recién grabado, con la tinta aun húmeda, te acercaste al baño, dispusiste la luz de forma tenue y relajante y te empezaste a quitar la ropa sin prisa, recreándote en el aroma de cítricos de tu jabón y en el vaho que lentamente se iba adueñando del espejo paulatinamente.

Te metiste en la bañera muy despacio, el agua humeante estaba cerca de rebosar y llena de esponjosa y blanca espuma densa, de esa que te acaricia la piel cuando la tocas. Con el mando a distancia accionaste el equipo de música y los violines de un lindo tango titulado Celos te transportaron de inmediato a un bello rincón del Río de la Plata, donde eras mecida por una suave corriente y la brisa besaba tu cara mientras viajabas en una pequeña embarcación a vela sin ninguna preocupación, tan solo el agua, el aire y el sol… todo para ti, incluida la voz de Gardel que envolvía tu aventura fluvial.

Sin ninguna prisa, y pasados los 70 minutos de tango, te saliste de la bañera y te enjuagaste bien todo el jabón. Ahí comenzó tu ritual de acicalamiento, poniendo mimo en cada rincón de tu cuerpo porque sabías que, horas más tarde, yo te inspeccionaría con detenimiento y devoción. Te habías preocupado de enjabonar toda tu generosa anatomía y ahora la estabas secando con una toalla fina y suave. Envuelta en una toalla rosa abres la puerta y la ventana esperando que se desempañe el espejo antes de enfrentarte a ti misma en tu altar de la belleza. Tenías mucho trabajo por delante, pero también mucho tiempo para dedicártelo a ti misma. Así te depilaste teniendo presente cual sería en final de mi camino de saliva, te pusiste crema, te perfumaste, te peinaste, y fuiste a tu armario secreto a elegir un precioso conjunto de ropa interior para esta noche tan especial. Miraste con sumo cuidado todas tus joyas de lencería aunque ya sabías bien qué te ibas a poner, sacaste un conjunto negro muy adornado con finas tiras de seda salvaje que caerían sobre tu piel. Te pusiste el tanga con mimo, y después el liguero, de encaje también, igual que el tanga, y adornado con los mismos dibujos. Te sentaste en la cama para enfundar tus piernas en las medias que llegaban hasta medio muslo, metiste la punta de tu pie y dejaste que la media se acomodase a la suavidad de tu piel con un natural movimiento ascendente… sí, resultaba tan sexy como las películas, claro que tus piernas no tenían nada que envidiar a las de esas estrellas de Hollywood. Fijaste con decisión las medias al liguero y sacaste el sujetador, también negro pero sin transparencias y con dos tiras que caían por el anclaje central. Sin duda ese color era tan elegante como tu estampa, te sentías rompedora y sexy con ese conjunto que combinaba a la perfección con la claridad de tu piel. Te vestiste con un elegante vestido negro, tenía un escote palabra de honor y era de raso, la falda era corta y estrecha, de ceñía a tu cuerpo con lujuria y dejaba patente el femenino culo que escondía. Era uno de esos vestidos que parece muy atrevido cuando lo compras pero resulta muy refinado en un cuerpo como el tuyo. Te maquillaste poco porque sabes que me gusta tu piel en su estado natural, apenas unos polvos aquí y allá, lápiz de ojos y un sutil perfilador de labios. Mientras hacías todo esto bailabas y fantaseabas sobre mí. ¿Traería bombones? ¿flores? ¿vino? ¿vendría afeitado o con esa barba de tres días que es tan lujuriosa pero tan poco estética? Tu mente volaba y el tiempo también, la noche ya había caído y tu presencia iluminaba la calle desde tu ventana mientras buscabas mi coche con la mirada.

En alguna radio sonaron las señales horarias de las 22, y con puntualidad suiza sonaron en tu puerta mis nudillos.
-¡Un momento! Gritaste- lo bueno siempre se hace esperar.
Corriste a la cocina para sacar el sacacorchos y dejarlo al lado de la botella de vino falsamente forcejeada. Encendiste el horno y saliste a abrirme.

Con suavidad abriste la puerta, lentamente, haciéndome desear a cada instante el instante siguiente hasta que pude verte por completo. Viste mis ojos boquiabiertos ante la visión de tu figura y justo después una gran caja de bombones y una botella de licor que portaba en mis manos. Durante un suspiro se hizo el silencio, y por alguna fuerza de Afrodita nos besamos. Aun sin mediar palabra me cogiste del brazo y me metiste en la casa. Cerrando la puerta detrás de ti cogiste mis regalos y me dijiste
-menos mal que has llegado, se me está resistiendo esta botella de vino, ven a ver si tú consigues abrirla. – y te encaminaste a la cocina. Tras dos pasos sentiste mis manos en tu cintura, mi torso en tu espalda y mi boca besándote justo debajo de la oreja mientras te susurraba
– prefiero pasar la noche bebiendo de tu boca antes que sea cual sea el vino que tengas ahí- mi boca rondando por tu cuello te había erizado la piel más de lo que esperabas, pero no te podías abandonar al placer tan pronto, acababa de llegar el más dulce de los postres y no ibas a cometer la atrocidad de robarle su lugar en el tiempo. Ya en la cocina me entregaste la botella de vino y el sacacorchos para yo intentase abrirla, el corcho estaba en buen estado y el sacacorchos también, pero adorabas ver cómo estudio cual cirujano la botella mientras busco el punto débil por el que comenzar mi ataque. Centré el pincho en el corcho y comencé a darle vueltas introduciendo el hierro en el tapón hasta tenerlo bien agarrado para hacer palanca con una de las piezas y tirar hacia arriba. El corcho al salir hizo un ruido que delataba la enorme calidad de ese vino, lo serví en dos copas altas de cristal fino y te entregué una de ellas. En el momento de enunciar el brindis nos miramos a los ojos con picardía y no hizo falta nada más, nos lo habíamos dicho todo… chocamos nuestras copas y bebimos hasta que la cena estuvo preparada para ser servida.

Mientras te preocupabas de adornar las fuentes yo salí apresuradamente de la cocina, extrañada continuaste con tu tarea y fuiste hacia la mesa, mientras te acercabas notaste una atmósfera extraña y poca luz, como si las bombillas del comedor estuviesen recibiendo menos corriente eléctrica, pero al llegar a la puerta pudiste ver apagadas todas las luces y seis velas en la mesa esperando los manjares. Con tu llegada había empezado a sonar una agradable música de piano y yo me aproximaba a la mesa tarareando. Comimos los más deliciosos manjares que con tanto cariño habías preparado, yo estaba muerto de hambre y así lo ponía de manifiesto mi forma de devorar toda la comida que ponías delante de mí. No sobró nada de comida, de modo que retiramos la vajilla y decidimos tomar el postre en el sofá, llevé las velas a la mesita y tú trajiste el licor y los bombones, abriste la caja y serviste el licor justo antes de sentarte junto a mí.

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2 comentarios

  1. Gloglo

    pa kuando la 2a parte????

    mu kurrao xo sois unos kabrones kolgandolo x parts!

    d
    dD
    DDD

    29 octubre, 2010 en 11:31

    • ZorroNegro

      Muy pronto, quiza este propio fin de semana

      29 octubre, 2010 en 11:39

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