El erótico blog de los secretos de la noche

Lencería fina II

Un precioso violín ponía banda sonora a nuestros primeros besos, mis brazos te rodeaban y tú te cobijabas en mi pecho dejando que te hiciera mía. Mis manos recorrían tu espalda con firmeza, sintiendo el suave tacto de tu vestido y tu piel. Con toda la intención del mundo mis manos fueron a parar en la cremallera de tu vestido, que estaba en tu espalda, te acerqué a mí a base de besos y mas besos en los labios. Nuestras bocas tenían un tórrido encuentro y tu vestido empezaba a aflojarse, el calor de la estancia comenzaba a crecer sin remedio. Nuestras lenguas jugaban primero dentro de tu boca y después dentro de la mía y mis manos se perdían peregrinando por tu piel y dejando al descubierto cada ver mayor parte de tu cuerpo. Te estremeciste al sentir tu piel contra mi camisa y pudiste pronunciar un gemido de satisfacción… aquello transcurría rápido, tu mente salió por un instante de nuestro sofá para mirar a tu alrededor, ambiente agradable y perfumado, música suave e instrumental y toda la estancia iluminada por la tenue e irregular luz de seis velas que se consumían ante nuestros besos, era un lugar ideal en un momento ideal. Me percaté de tu falta de concentración y te ataqué a traición con un mordisco en el hombro, ahí volviste de nuevo a ser mía con la sensación de estar viviendo en un sueño, volviste con una pasión desenfrenada desabrochando mi camisa y palpándome todo el cuerpo. Estabas tumbada sobre mí mientras yo aprovechaba la breve tregua que me habías dado desabrochando mi camisa para robar con sigilo un trago de dulce licor. Ya sin camisa te atraje hacia mí y te besé con los labios aun empapados en el dulzor de la bebida, rebañaste mi boca de todo rastro de licor y te remangaste la falda dejándome ver tu conjunto de lencería, algo que me volvió completamente loco. Ahora tenías las piernas por fin libres para envolverme con ellas y sentirme más cerca de tu sexo anhelante de mil atenciones, con él, sentías como mi polla se erguía por debajo de la fina tela de mi pantalón, el roce fue inevitable y aun con ropa gozábamos de la fricción de nuestra intimidad sin dejar a un lado ni un segundo todo  tipo de besos y caricias. La noche estaba enfilada a transcurrir como un sueño, todo prometía ese final perfecto y el goce de toda la noche, pero en ese momento en que estábamos cada uno sumergido de pleno en el otro sonó el teléfono. A decir verdad no recuerdo el motivo, pero sí sé que se trataba de una llamada importante, de modo que te apartaste de mí y respondiste a la llamada. Allí sentada, con gesto serio y con el vestido a medio arrancar y dos tiras de seda cayendo sobre tu vientre estabas bellísima. Tu cabello se había alborotado sólo un poco y contra todo pronóstico tu maquillaje permanecía intacto. No sé cómo se me ocurrió pero en aquel momento no estaba preparado para resistirme a ningún deseo, de modo que me volví hacia ti mientras hablabas por teléfono (no recuerdo ni con quién hablabas ni qué decías) pero puse mis manos en tus rodillas y las separé poco a poco hundiendo mi cabeza entre ellas. Mi boca entró en contacto con tu piel allá donde se terminaban tus medias. Mi lengua saboreaba la cara interior de tus muslos y tu respiración se agitaba pese a que tratabas de mantener la compostura ante tu conversación telefónica. Por decencia, intentabas quitarme de ahí, pero sólo tenías una mano operativa y cada vez que mi lengua recorría tu muslo tu voluntad de sometía a mí, al fin te diste por vencida y echaste hacia atrás tu cuerpo apoyándote en el respaldo del sofá y entregándome tus caderas. Tu recién estrenado tanga negro de encaje estaba empapado por dentro, pero con la aparición de mi lengua, ahora también lo estaba por fuera, el fino tejido se volvió transparente y yo podía evaluar ahora todo el esmero que habías tenido aquella tarde para mí. Mi lengua comenzó a explorar tu sexo a lametazos delicados y por encima de la tela, con toda la parsimonia del mundo recorrí tus labios, tu monte de Venus y de refilón tu clítoris. Tu cuerpo se estremecía con mi boca entre tus piernas, y tu conversación telefónica seguía con normalidad salvo por el detalle de que eras incapaz de articular palabra alguna… sólo lograbas pegarte el auricular de vez en cuando para pronunciar un “ajá” anodino que dejaba ver a las claras que tu mente navegaba por otros mares distintos. Tuviste que tapar con la mano el micro porque tu respiración empezaba a agitarse seriamente y mi lengua seguía dándote placer cada vez con más intensidad. Cuando al fin el tejido era una mera anécdota aparté el tanga y seguí chupando aquella cuidada almeja, increíblemente el contacto directo de mi lengua con tu sexo te estremeció, los músculos de tus piernas se tensaron y tuviste que morder un cojín para no gemir a tu telefónico interlocutor al oído. Aquello estaba a punto de explotar, tus labios hinchados, tu piel enrojecida y tu vientre subiendo y bajando a un ritmo trepidante ante mis ojos, que miraban a los tuyos con seguridad y complicidad. Uno de mis dedos empezó a abrirse camino hacia tu interior, prácticamente sin dilatar y muy lubricada sentiste casa rugosidad de mi dedo con los laterales de tu vagina, entrando lento dibujando círculos buscándote un punto concreto. Mi lengua había  incrementado  su  ritmo aun más y mi dedo ya había encontrado tu punto G en dos ocasiones… viendo que la situación para ti era insostenible tenía dos opciones, o dejarte o terminar contigo… elegí terminar. Doblé mi dedo hacia arriba y encontré a la primera tu punto G, el cual estimulé con la yema de mi dedo corazón repetidas veces y cada vez con más fuerza, simultáneamente mi lengua había alcanzado el nivel máximo y ya el cojín no podía tapar tu boca más tiempo. Un chorro de voz en forma de gemidos salía de tu boca, de modo que optaste por colgar aquel teléfono a las bravas y coger mi cabeza con fuerza arqueándote, ahora sí, con todas las de la ley y sintiendo con fuerza un cosquilleo preorgásmico desde tu interior y la fuerza de tu corazón golpeando tu pecho, las teclas de aquel piano sonaban marcando el ritmo de tus sensaciones tan solo interrumpido por el ruido que mi boca producía en tu sexo hasta que el cosquilleo empezó a hacerse más fuerte y tus manos apretaron fuerte mi cabeza contra ti y una serie de gemidos in crescendo brotaron de tu garganta delatando un intenso orgasmo que te dejó sin aliento. Mis lametazos no cesaron de repente, sino que, tras tu orgasmo, fueron bajando paulatinamente su ritmo, mi dedo salió de tu interior y muy poco a poco me fui retirando del lugar hasta quedar sentado a tu lado en aquel templo del placer, otrora sofá.

Tuvimos tan solo un instante para mirarnos a los ojos y descubrir algo inaudito, estabas llorando. Era la primera vez que alguien te había hecho llorar de placer. Se nos plantearon mis preguntas sobre aquello cuyas respuestas fueron pospuestas para otro momento. Sequé mi cara con una servilleta y tú tus lágrimas con la mano. Ese momento coincidió con una pausa en la música entre canción y canción, y después te acercabas hacia mí con la mirada maliciosa gateando como una pantera que sale de caza. Te arrodillaste frente a mí para que yo te despojara de tu vestido y que luciera tu conjunto de lencería en todo su esplendor frente a mis ojos, que ahora sí, se salían de sus órbitas ante tu imponente cuerpo. Desde el suelo me despojaste de mis pantalones y de lo que quedaba de mi camisa para descubrir que mis boxers negros estaban a punto de estallar, te metiste aquel bulto negro en la boca y lo mordiste con suavidad mientras mis manos se aplicaban a liberar tu pecho de aquel sostén que se deslizaba a la perfección por tu piel suave. Al fin me quitaste también los boxers y empezaste a comerme las piernas, las ingles, las bolas y la erecta polla con ansia, al minuto de llevarme al cielo te centraste sólo en mi masculinidad metiéndote casi toda la polla en la boca repetidas veces aunque no demasiado rápido, disfrutando de mi polla igual que yo lo hacía de tu boca. Tu boca estaba repleta de saliva, lo que hacía que fuese una felación húmeda y agradable. Te invité a subir al sofá de nuevo y sentarte a horcajadas sobre mí para comenzar con la penetración. Estaba tan erecto y tú tan lubricada que entré con facilidad dentro de ti, comenzaste a mover la cadera con un ritmo muy sensual colgada de mi grueso cuello mientras mi boca recorría tus pechos prohibidos de un lado a otro, de un erecto pezón al otro, con mordiscos largos y con besos succionadores, de nuevo comenzábamos a suspirar por causa del placer que nos proporcionábamos mutuamente. Tu excitación ni había bajado demasiado desde tu orgasmo, por lo que no haría falta mucho para que te corrieras de nuevo, por ello, te puse las manos en el culo y llevé yo el ritmo de la penetración moviendo tu cuerpo. Parecías una pluma volando a mi antojo sobre mi sexo. Ahora las sacudidas eran veloces y fuertes, entrando y saliendo con furia de tus entrañas y produciendo, si cabe, más calor aun. Te cogí por las piernas y me levante de un salto manteniendo la penetración en su sitio, ahora de pie te follaba con fuerza. Al sentir la fuerza con la que te cogía y la pasión con la que te hacía el amor volvió a aparecer un orgasmo latente dentro de ti. Me giré 180º y te seguí penetrando con fuerza, solo que ahora era yo quien gemía y mi gesto daba a entender mi placer absoluto… a ti te excitaba sobremanera mi cara antes de correrme, lo que unido a la fuerza del momento hizo que explotaras de nuevo gritando ahora sin control ni censura sirviendo de coro a mis propios gritos. El movimiento bombeador de mis huevos fue la señal, te dejé caer con brusquedad sobre el sofá, en el que quedaste tendida mirándome a la cara con una sonrisa. Mi mano fue a mi lubricada polla y en apenas dos movimientos sacaron una ingente cantidad de caliente leche que cayó sobre tu cara, tu pecho y tu vientre. El aire que salía de mi boca movía los pelos de tu flequillo y golpeaba tu cara empapada como si fuese un gigante el que respirase con fuerza ante ti. Recogiste con tu mano los restos de leche para saborear aquella recompensa que te habías ganado con tanto esmero y desde las 6 de la tarde, me desplomé en el sofá junto a ti sin mediar palabra y tú te acercaste a apoyar la cara en mi pecho y abrazarme, había sido un momento inolvidable. Poco a poco nuestras respiraciones acompasadas fueron recuperando su ritmo normal mientras yacíamos con la mirada absorta en nosotros mismos. La luz de las velas hacía vibrar el aire y el piano marcaba el paso de nuestra recuperación, con tanto movimiento tu liguero se había desabrochado, de modo que te levantaste, te quitaste el tanga y abrochaste el liguero de nuevo. Fuiste al punto donde cayó mi camisa y te la pusiste abrochando sólo tres botones, te sobraba tela por todas partes pero te seducía mucho el tamaño de aquella camisa y mi olor impregnado en ella. Me miraste con malicia y caminaste hacia el balcón. El balcón tenía una barandilla opaca de ladrillo aparte de una vistas espectaculares a un parque verde e iluminado y, a esas horas, desierto. Te apoyaste en la barandilla y llenaste tus pulmones del aroma del parque y tus ojos de la luna llena que reinaba en el cielo, yo te seguí, desnudo, y te abracé por detrás para disfrutar contigo del momento de paz que vivía aquel lugar. Te puse la barbilla en el cuello y respiré con deleite tu esencia mezclada con la noche y juntaba mi cuerpo al tuyo. Nos tomamos apenas un minuto de ensoñación antes de que volviera a besar tu cuello y a acariciar tu vientre. El contacto de nuestros desnudos cuerpos hizo brotar de nuevo el deseo y mi polla volvía a emerger por detrás de ti, entre tus muslos acariciando tu piel ahora hipersensible. Al sentirme tan cerca te diste la vuelta, me diste un cálido beso en los labios y me sonreíste con lascivia. Acto seguido me invitaste a seguir tus pasos hacia tu gigante bañera… ¿cómo resistirme?

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